Entrevista a Julieta Valls

Fue una de las primeras madres de SOS Aldeas Infantiles SOS
Jordi Cotrina El Periodico de Catalunya

Julita fue una de las primeras madres SOS de Aldeas Infantiles SOS. Dedicó 33 años de su vida a cuidar de 16 niños que no pudieron vivir con sus padres, y a los quiso como si fueran suyos: “Sé que nunca han estado en mi vientre, pero toda mi vida se la he dedicado a ellos”. Hoy, a sus 81 años, nos cuenta su experiencia.

 

Su infancia transcurrió en torno a una masía catalana. Julita sonríe al recordarla. Asegura que de niña fue muy feliz. Cada día, ella y sus cinco hermanos caminaban una hora y media para llegar a la escuela, tanto si llovía, como si nevaba. “Mis padres tenían un interés enorme por la educación”, nos dice. Seguro que, si pudiesen verla hoy, estarían orgullosos de la mujer en la que acabó convirtiéndose.

 

¿Cuándo empezaste a darte cuenta de que tu felicidad dependía en gran medida de la felicidad de aquellos que te rodeaban?

 

Siempre he sentido la necesidad de dedicarme a los demás. Con 21 años busqué una salida a esa inquietud y me fui cuatro años a Francia. Allí tuve la oportunidad de leer mucho. Se me abrieron muchos horizontes. Y comencé a trabajar en un Centro dedicado al cuidado de niños que no podían vivir con sus familias, cerca de Lyon. Permanecí allí cuatro años y, al volver, trabajé en un Centro similar, aquí en Barcelona, siete años más. Yo estaba con un grupo de 40 niños. Hacían todo en la misma institución: comer, estudiar, jugar. Incluso el colegio estaba en el interior. Los niños no tenían libertad y tampoco ninguna posibilidad de expresar su personalidad, sus emociones. Esto me hizo sufrir mucho. Me hizo darme cuenta de que los niños necesitan otro tipo de cuidado, más personalizado, más familiar. Un día, en un tren camino a Barcelona, encontré un folleto que hablaba sobre Aldeas Infantiles SOS. Despertó

tanto mi atención que llamé por teléfono para preguntar cómo podía entrar en la organización. Así empezó mi recorrido en Aldeas. Yo tenía 31 años.

 

¿Cómo fueron los inicios?

 

Éramos muy jóvenes. Fue duro, pero rebosábamos tanta ilusión que no había nada que nos parara.

Yo empecé con ocho niños en una de las primeras casas que Aldeas tenía en el Tibidado, en Barcelona, mientras construían la Aldea de Sant Feliu de Codines, a la que nos mudamos dos años después. He llegado a convivir con un máximo de nueve niños, tres de ellos con ciertas deficiencias. En esa época contábamos con muy pocas ayudas materiales, con poco dinero y no teníamos el apoyo humano que hay ahora. La compra, la comida, la limpieza… Todo dependía de nosotras.

 

¿Fue difícil ganarte la confianza de los niños?

 

Los niños con los que yo comencé no tenían familia. Y eso facilitó mucho la integración y el poder hacer de “madre”. Al menos ellos así me llamaban. Nuestra relación era muy estrecha, dependían mucho de mí. Para ellos la Aldea era su hogar. Y hoy seguimos manteniendo la relación. La mayor tiene ya 60 años y ha sido abuela. Hemos hecho todo lo que hemos podido para que sean adultos autónomos e independientes. Y creo que lo conseguimos, al menos con la mayoría. Otros lo tuvieron más difícil. Yo siempre estoy ahí, intentando ayudar en lo que puedo. Dos de ellos, de 34 y 36 años, tienen una cierta discapacidad y vienen a casa de viernes a lunes, todas las semanas. Mi casa sigue siendo su casa.

 

¿Qué te han enseñado estos niños?

 

Me han enseñado muchísimo. Tengo que agradecer mucho a la vida por haberme permitido trabajar con niños y adolescentes. Me han mantenido joven. Soy sumamente inquieta por naturaleza, tengo que saberlo siempre todo y estos niños me han ayudado a estar al día.

 

Y tú a ellos, ¿qué les has dado?

Mi tiempo. Mi cariño. Mi entrega. Mi protección. Hubo una niña, Isabel, que llegó con tan sólo un año y medio. Ha sido la más pequeña que he tenido. Cuando entró pesaba tan sólo dos kilos y medio. Había nacido con 600 gramos. Mantenerla con vida fue un milagro. En esa época no era tan fácil. Isabel no tenía madre. Estaba sola. Los doctores que la asistieron se pusieron en contacto con Montserrat Andreu, la fundadora de Aldeas aquí en Cataluña, y le propusieron que cuidáramos de ella. Montserrat me llamó y me dijo: “¿Tú quieres a esta niña, en estas condiciones? No saben si verá, no saben cómo será psíquicamente, pero si no la acogemos, morirá”. Yo era joven, fuerte y creía en mí. Así que acepté. Isabel era tan sólo un bebé cuando llegó a Sant Feliu. Pasamos por muchos médicos, por muchas pruebas, e Isabel fue saliendo adelante. Tenía unas ganas locas de vivir. Quedó deficiente, eso sí, y veía con dificultad. Pero tenía muchísima fuerza de voluntad, quería ser como los demás y se esforzaba en ello. Siempre estaba conmigo. No podía dejarla sola. Se creó un lazo muy estrecho entre las dos. Un vínculo muy fuerte. Tan grande que, cuando murió, con 36 años, yo pensé que moriría con ella. Fue un golpe muy duro para mí.

 

¿Qué consejo les darías hoy a las futuras madres SOS?

Mucha entrega. Una madre SOS no debe mirar nunca el reloj. Debe ser generosa, paciente, cariñosa. Son niños que necesitan grandes dosis de comprensión, ya que tienen demasiadas inseguridades. Yo intenté ofrecerles seguridad y mucho afecto. La seguridad parece que la encontraron, en mí y en la organización. El afecto fue más difícil. Muchos de estos niños han carecido de cariño desde que nacen y, por más que les des, son como un pozo sin fondo. A veces no pueden recibirlo. No pueden creer en el amor, porque no lo han tenido cuando más lo necesitaban, en los primeros meses, los primeros años, tan importantes en la vida de una persona.

 

Si pudieras volver a empezar, ¿repetirías?

 

Sin dudarlo. Yo tendría que haber pagado por este trabajo. Nací para él, para cuidar de estos niños. Tenía mucho amor que darles. Sé que nunca han estado en mi vientre, pero toda mi vida se la he dedicado a ellos.

 

 

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